Friday, April 13, 2007

Crítica de Luis García Orso a El Violín


EL VIOLÍN


En las primeras imágenes de El violín (Francisco Vargas, México, 2006) una entrada de luz brilla por encima de la oscuridad interior de una cabaña de tablas donde unos soldados golpean brutalmente y violan a un grupo de hombres y mujeres tirados en el piso de tierra, a media oscuridad. La escena impacta por la desgarradora mezcla de violencia e impotencia. Prefigura la lucha eterna entre luz y tinieblas, vida y muerte, los de abajo y los poderosos, que teje la historia de la humanidad hasta ahora. La narración cinematográfica de El violín se encarna tan honestamente en la realidad de nuestros pueblos latinoamericanos que siempre la sentimos tan cercana, tan viva, tan dolorosa, por más que nunca se diga en qué lugar y en qué tiempo está ubicada. Esta escena inicial de la película representa también el deseo de que la luz se haga sobre la realidad y se sobreponga a la violencia.

La película sigue las andanzas de un viejo campesino y músico, don Plutarco Hidalgo, junto con su hijo Genaro y su nieto adolescente Lucio, que van tratando de librar el acecho de un destacamento de soldados que avanzan por las aldeas de la sierra en busca de guerrilleros, y que han destruido y quemado sus casas. Los pobladores han tratado de organizarse aun militarmente para defenderse y resistir, y los tres familiares intentan hacer llegar más municiones. Don Plutarco lo hará con el recurso de su violín y de su música.

El primer largometraje de Francisco Vargas (egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana y del centro de Estudios Universitarios de la Universidad Nacional), impacta por la precisión y sobriedad de su narración, la pureza y belleza de su fotografía en blanco y negro, la sinceridad y veracidad con que todos los actores –profesionales y no- encarnan personajes del pueblo, y el compromiso entrañable con la realidad de los pobres que transparenta la historia cinematográfica. Una mención especial merece la actuación de don Ángel Tavira, músico guerrerense de toda la vida, quien siendo joven perdió la mano derecha en la explosión de un cohete y aun así se convirtió en un virtuoso y maestro del violín, y que no sólo representa al personaje protagónico en la película, sino que lo vive con total sinceridad, entrega y veracidad, como quien sabe en carne propia de qué se trata.

La narración recupera el origen de la creación, cuando la tierra fue dada a los hombres para vivir; luego sobrevino el despojo ambicioso e injusto que perpetran unos cuantos. Sobre ellos se alza la dignidad y la lucha de los “hombres verdaderos” para que la tierra vuelva a ser lo que era en el principio. La figura del octogenario Plutarco, todo él digno, entero, perseverante, y la música de su violín, serán entonces la representación de este compromiso, de esta lucha, de esta esperanza: cuando la música acompaña y alegra a las mujeres y los niños que huyen de la represión, cuando el violín seduce y casi doblega la fuerza opresora del capitán, cuando el nieto ha de seguir tocando y no rendirse, hasta que lleguen los tiempos de la vida y de la luz para el pueblo.

El violín es una película íntegra, comprometida, sin falsas complacencias. En ella, la esperanza que encarnan los desposeídos y la capacidad de trascender y perseverar que alienta la música, son el regalo de esta historia tan nuestra y tan universal. La película ha acumulado unos treinta premios, desde que el año 2005 fue apoyada con el Premio SIGNIS y el de Casa de América para su postproducción, y luego escogida en 2006 para una sección del Festival de Cannes. Han seguido reconocimientos en San Sebastián, Tesalónica, Sao Paulo y Gramado, Miami, Punta del Este, Quito, Cartagena. Huelva, Francia y Canadá, y los Arieles en México. Sin embargo, e irónicamente, la película no había encontrado distribuidor para su propio país. Quizás –en opinión de algunos- refleje demasiado nuestra propia realidad, y no convenga que se haga luz sobre la violencia del poder ejercida en Aguas Blancas, Atenco, Oaxaca, Pasta de Conchos, Zongolica…, como en la escena primera de El violín.

Luis García Orso, S,J,

Abril 12 de 2007

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