Monday, May 28, 2007

TIEMPO DE VIVIR (Le temps qui reste) FR. Crítica de Luis García Orso s.j.

TIEMPO DE VIVIR

La película Le temps qui reste, de Francois Ozon (Francia, 2005) relata el proceso íntimo que vive un hombre joven, Romain (Melvil Poupaud), a partir del momento en que le diagnostican un cáncer terminal. Sin atajos para negarse al duelo, aquí se trata de la muerte real, concreta, que se avecina y obliga a pensar qué hacer con el poco tiempo que queda por vivir. Quizás, después de la rabia y la negación, venga la lenta aceptación, la necesidad de hacer las paces con los demás y, sobre todo, con uno mismo. Quizás, ahora que el fin está cerca, pueda aprenderse a reconocer y saborear de veras las mejores cosas de la vida. Y retenerlas, apresarlas en imágenes, en sensaciones, en climas, o en esas fotografías con las que los recuerdos quedaron fijos en el tiempo.

Bien distante del melodrama y la sensiblería, el estilo conciso y sobrio de Ozon refuerza la emoción y la hondura de las decisiones personales. No hay lugar para las lágrimas ni para los arrebatos desesperados; sólo para un acercamiento personal interior y silencioso. El cineasta sabe sortear los clichés, y abandonarlos a tiempo con la ayuda de un riguroso montaje, o dando un giro sorpresivo hacia el final, en el encuentro lleno de confianza con una mesera. (Queda claro que a Valeria Bruni-Tedeschi no hay papeles que le queden chicos)

Cuando el muy atractivo y autosuficiente Romain conoce el diagnóstico, renuncia al tratamiento y decide ocultar la noticia a los suyos y apartarse de todos. Sólo comparte la noticia con su abuela, la única que puede comprenderlo porque, dice, está tan cerca de la muerte como él. Es una de las más bellas y hondas secuencias del filme, en parte por la sabia serenidad de la abuela, que le da paz a Romain y le muestra cuántos rasgos de carácter les son comunes, y en parte por todo lo que la incomparable Jeanne Moreau es capaz de añadirle al personaje con su sola presencia.

A partir de entonces, el proceso íntimo de Romain va evidenciándose a través de pequeñas escenas aparentemente insignificantes, de detalles casi íntimos en que nos es concedido estar presentes. Ozon sabe cómo hacer de esas observaciones casi banales signos de la transformación del joven protagonista y de la gradual aceptación de su mortalidad. Romain irá encontrando la forma de despedirse de sus familiares, sin que ninguno sepa que sus breves gestos de reconciliación esconden un callado adiós. Hasta que sólo sea él un cuerpo más entre los muchos que toman un baño en el mar y yacen bajo el sol en la playa, un escenario bien significativo en el cine de Ozon.

Luis García Orso, S.J.

Mayo 27 de 2007


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