Thursday, November 12, 2009

Daniela una compañerita del curso El Fenómeno del Cine cuenta que las comedias resultan predecibles y ya no tan graciosas hoy en día. Ha estado convalesciente y tuvo oportunidad de ver muchas películas cómicas que terminaron aburriéndole mucho.

Comento un poco, para aprender todos de su maratón cinematográfico.

Una trama predecible es ambigua. Puede ser signo de un guión mal hecho, o puede ser una historia universal y perenne (que necesita ser contada miles de veces...).

Una narración repetida puede ser disfrutable.
¿Han notado que los peques pueden ver la misma película una y otra vez y siempre la gozan? La narración -y su repetición- es una necesidad humano-social desde el principio de los tiempos.
Cuántas veces necesitamos narrar y escuchar la historia de Romeo y Julieta y siempre será vigente (mientras haya amores imposibles). Cuando el destino nos rompe el corazón, necesitamos volver a Romeo y Julieta a lamer nuestras heridas.

Las narraciones bíblicas, las fábulas de Esopo, los mitos y tragedias griegas, las novelas clásicas, los comics del siglo XX… Estas historias se pueden reconocer semi-ocultas en la mayoría de las películas contemporáneas. Son narraciones que tienen preguntas existenciales que cada hombre y mujer necesita hacerse (y responderse) para entender y afrontar su propia vida, su sociedad. ¿Por qué Caín logra matar a Abel? ¿Por qué sufre, Job si no ha hecho mal a nadie? ¿Por qué el Roble, arbol noble y fuerte, se quiebra con la tormenta, mientras que el junco que se mueve con la corriente sobrevive? ¿Por qué Edipo parece que no puede cambiar su destino fatal? ¿Por qué Julieta no es libre de amar a Romeo? ¿Por qué no es reconocida la bondad de Batman por Ciudad Gótica? Cada vez que esa misma historia nos es narrada de nuevo, tenemos una respuesta distinta, porque nuestra experiencia de vida, sufrimiento, gozo y amor, va creciendo y complejizándose. Cada vez que vemos “la misma película” tenemos una respuesta distinta, como los peques que repasan la misma cinta y se vuelven a reir cien veces con el burro de Shrek. Están/mos reflexionadndo sobre nuestro mundo ante la pantalla. Nos repetimos “así es la vida” con un nuevo matíz. Aunque esté repetida la historia. Es la misma película, pero el espectador es (un poco) distinto. Entonces la experiencia cinematográfica es renovada.

La comedia, una exageración simplona, pero, necesaria para reírnos de nuestros dolores.

El género de comedia necesita cierta predictibilidad. El thriller de misterio al contrario.
Cuando estoy triste, melancólico, deprimido y entrara yo a ver Hotel Rwanda (Terry George 2004) correría serio riesgo de suicidio. No es la narración que necesito en ese momento.
En una situación de dolor, necesito hacer una tregua, un pacto con la película y pedirle “no me estrujes que ya estoy muy maltratado”. Hago un contrato. Escojo un género que sea predecible, simple, irreal y me garantice un final feliz (justo lo que necesito psicológicamente en este momento).
Por eso las comedias (americanas por ejemplo) son generalmente, romanticonas, de trama muy sencilla, iluminación y color muy brillante, actores/actrices muy guapos/as, y con final predecible y feliz. Son para momentos de crisis, cuando el mundo nos da vueltas y estoy gritando “paren el tren que me quiero bajar”. Si ya empiezan a resultar aburridas al espectador, es señal de que se está reponiendo y necesita pasar a otro género ¿no?
Los géneros cinematográficos, dicen los teóricos de cine, son como “contratos” entre el productor y el espectador sobre el tipo y efecto de narración que le ofrece/necesita vivir en ese momento.
Las comedias americanas tienen esa finalidad de “caldo de pollo” para el estrujamiento y el estress de la vida moderna. En cambio la novela de humor negro británica tiene otro talante. Es muy útil cuando necesitamos burlarnos del mundo y nuestra situación, para tomar sana distancia (los primos americanos dirían “to geto ver it”).

Sin embargo, la trama predecible es, en la mayoría de los géneros y películas un defecto y señal de mala factura.

Lo que empujó al director índio M. Night Shyamalan (Sixth Sense 1999) al estrellato, es el reto que lanza al espectador para intentar descubrir su final. En sus primeras películas toma mitos clásicos de la cultura americana –muy conocidos y supuestamente predecibles- y sorprende placenteramente con un final inesperado. Cuando volvemos a ver la película descubrimos que nos ha estado dando pistas tooda la cinta sobre ese final, y no pudimos detectarlas a tiempo. Doble placer: la sorpresa en la primera visión, y el repaso para releer la historia y descubrir que el final estaba frente a nuestra nariz y no pudimos verlo a tiempo.

Ese giro final que muchos tratan de descubrir (y se vuelve una competencia entre el artista realizador y el artista espectador) es parte del placer cinematográfico contemporáneo (si es que el alma está disponible para ese juego y no necesita un bálsamo para las raspaduras de la vida).

¿Cómo escribir un guión que no sea predecible? Algunos tips que he sabido funcionan son:
• Dar elementos sueltos para varios finales posibles y decidir a última hora por uno.
• O al contrario, poner señuelos que indiquen que tendrá la historia un final determinado y (tomar otros elementos que están entre-ocultos en la trama) para finalmente tomar otro rumbo. Este “despiste” tiene nombre propio en cine: “Haren Saur” (no me pregunten la traducción, no la conozco)
• Mezclar una o más historias clásicas y escoger cuál de las dos conservará su final característico (o una paradójica mezcla de ellas)

Un final tiene que ser congruente con la historia. Meter sorpresivamente la caballería yanqui para salvar a la chica de los apaches que quieren devorarla, no es recomendable.



Gracias y saludos a tod@s
Humberto Macías
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