Tuesday, November 27, 2007

Crítica de Luis García Orso sj. a la película No quiero Dormir Solo




NO QUIERO DORMIR SOLO

Un joven chino solitario es golpeado violentamente por un grupito de timadores malasios y abandonado en una oscura y sucia calle de Kuala Lumpur. Al mismo tiempo, unos trabajadores ilegales bengalíes recogen de la basura un colchón abandonado y lo transportan por las calles. Cuando encuentran al joven chino inconsciente, también cargan con él y lo llevan a su mísera vivienda. Uno de los jóvenes de Bangladesh, Rawang, toma la iniciativa de hacerse cargo del chino tirado en el camino, lo cura de sus heridas, lo limpia, está al pendiente y lo atiende en sus necesidades básicas, lo alimenta, lo viste, y comparte con él el colchón mientras el chino anónimo se va recuperando muy lentamente. Una historia similar sucede en otro lugar de la ciudad: el hijo de una mujer china, dueña de un modesto restaurante, yace en estado de coma y es atendido fría y rutinariamente por la mesera de la fonda. Ambos jóvenes chinos son interpretados por el mismo actor, Lee Kang Sheng, que ha estado en todas las películas del director malasio: Los rebeldes del dios neón (1992), Viva el amor (1994), El río (1997), El agujero (1998), ¿Qué hora es allá? (2001), Goodbye, Dragon Inn (2003)

Tsai Min-liang, formado profesionalmente en Taiwan, vuelve a su natal Malasia y a su capital convertida casi en una ciudad de pobres e ilegales, de contaminación, corrupción, abandono, soledad, para realizar su última obra cinematográfica, toda ella llena –paradójicamente- de poesía, belleza, sensualidad: No quiero dormir solo (Hei yan quan, 2006, con producción de Taiwan, Francia, Austria).

Como en la parábola del “buen samaritano”, la historia cinematográfica es una narración de solidaridad entre extranjeros, de compasión ante un ser humano tirado en la calle, de alguien que se hace prójimo salvando la vida de un desconocido, de generosidad exquisita que se va convirtiendo en ternura…Pero aún más: la película avanza delicada y sutilmente en la relación afectiva que brota en este pobre samaritano bengalí abandonado también él a su propia soledad y desamparo en una ciudad explotadora y decadente que a todos va dejando tirados en el camino. De cuidar un enorme edificio que ha quedado en obra negra después de la crisis económica y política de principios de los noventas en Malasia, el joven bengalí cuida ahora con un amor sin palabras a un prójimo sin nombre, y el colchón levantado de la calle–al igual que el joven chino- se transforma en lugar de comunión, de compañía, de ilusión, de erotismo. Como para ser descubierto así también por la joven mesera, anhelante de llenar su soledad, su vacío afectivo, su trabajo sin sentido.

Filmada casi sin diálogos, con una música que combina Mozart con las canciones malayas más populares, con un ritmo lento y contemplativo, Tsai Ming-liang es capaz de filmar cada toma y cada composición con tanta belleza, luz, sensualidad -en una evocación a la pintura de Caravaggio- como si cada personaje valiera por él mismo en un ambiente que intenta sofocarlo y anularlo. En la misteriosa y asfixiante nube de humo que invade la ciudad, un colchón salvado de la basura y un estanque de agua de lluvia que inunda los cimientos de un edificio abandonado, son la única salvación a que tratan de asirse tres seres humanos que gritan en silencio su enorme deseo de afecto y compañía: ¡No quiero dormir solo!

Luis García Orso, S.J.

Noviembre 25 de 2007

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